Barroco y rococó en Alemania y Austria

Tras la devastación de la guerra de los Treinta Años, príncipes, abades y emperadores construyeron palacios e iglesias en los que arquitectura, escultura y pintura de techos se fundían en un único espectáculo celestial.

El siglo empezó de forma prometedora. En Augsburgo, Elias Holl construyó un gran ayuntamiento, y Adam Elsheimer, de Fráncfort, pintaba en Roma pequeños cuadros luminosos que admiraba Rubens. Pero la guerra de los Treinta Años, de 1618 a 1648, destrozó gran parte de Alemania. Se saquearon ciudades, se quemaron aldeas y la población disminuyó drásticamente en muchas regiones. Los ejércitos suecos atravesaron el país, y mucho arte se llevó como botín de guerra. Durante varias décadas apenas se construyó ni se encargó nada. El recuerdo de la guerra perduró largo tiempo en la cultura alemana.

Solo a finales del siglo XVII volvió a cobrar impulso la construcción. En Viena, que en 1683 había resistido un asedio otomano, el emperador y la nobleza mandaron construir palacios e iglesias en un estilo nuevo y seguro de sí mismo. Johann Bernhard Fischer von Erlach proyectó la Karlskirche, y Lukas von Hildebrandt el Belvedere para el príncipe Eugenio. En Dresde, Augusto el Fuerte mandó levantar el Zwinger, y en Wurzburgo Balthasar Neumann construyó una residencia para el príncipe-obispo. Paisajes enteros se llenaron de cúpulas barrocas y chapiteles bulbosos.

A mediados del siglo XVIII, el barroco se volvió más ligero y luminoso y desembocó en el rococó. En el sur de Alemania, los hermanos Asam y los hermanos Zimmermann crearon iglesias cuyas paredes parecen disolverse en blanco, oro y tonos pastel. La Wieskirche y Vierzehnheiligen son sus cumbres. El interior de la iglesia se convirtió en un escenario en el que el cielo se abre en la pintura del techo. En Potsdam, Federico el Grande mandó construir Sanssouci, un pequeño palacio de verano para la música y la conversación. Era un arte para la fe, el poder y el placer.