Clasicismo y romanticismo
Del sueño de la Grecia antigua a las figuras solitarias de Caspar David Friedrich junto al mar: hacia 1800 el arte alemán encontró una voz nueva.
En la segunda mitad del siglo XVIII, artistas y pensadores alemanes volvieron la mirada hacia la Antigüedad. Johann Joachim Winckelmann elogió la «noble sencillez y serena grandeza» de las estatuas griegas, y Goethe viajó a Italia para ver con sus propios ojos las ruinas antiguas. En Berlín se levantó la Puerta de Brandeburgo, y el arquitecto Karl Friedrich Schinkel dotó a la capital prusiana de museos y teatros de estilo griego. El clasicismo representaba el orden, la razón y la cultura, y se convirtió en el estilo oficial de los estados alemanes.
Pero al mismo tiempo surgía el Romanticismo, que buscaba el sentimiento, la naturaleza, lo enigmático y lo religioso. Caspar David Friedrich, nacido en la entonces Pomerania sueca, pintó personas solitarias junto al mar y en las montañas, a menudo vistas de espaldas. Philipp Otto Runge, de la misma región, intentó crear un nuevo arte simbólico sobre las horas del día y el ciclo de la vida. Los románticos querían pintar lo que no se puede ver: el anhelo, lo infinito y Dios en la naturaleza. Sus imágenes han marcado hasta hoy nuestra manera de mirar la naturaleza y de entender el Romanticismo.
Un grupo de jóvenes pintores, los nazarenos, se trasladó a Roma para vivir como monjes medievales y pintar como Rafael y Durero. Tras las guerras napoleónicas llegó la época Biedermeier, en la que la burguesía se replegó al hogar. En Viena y Berlín se pintaron interiores íntimos, retratos y vistas urbanas, y Carl Spitzweg retrató en Múnich, con humor, a personajes excéntricos y entrañables. La época abarca, pues, tanto grandes ideas sobre la misión del arte como una belleza cotidiana y de pequeña escala. Ambas facetas siguen vivas en los museos de Berlín, Dresde, Múnich y Viena.