El nuevo Estado: romanticismo y realismo
Cuando Bélgica se independizó en 1830, el nuevo Estado necesitaba una historia en imágenes. Pintores de historia como Gustaf Wappers y Louis Gallait representaron el pasado, mientras que realistas e individualistas como Antoine Wiertz, Alfred Stevens y Félicien Rops siguieron sus propios caminos.
La revolución belga de 1830 dio origen a un reino con un príncipe alemán, Leopoldo I, como rey. El joven Estado quería demostrar que tenía una historia larga y gloriosa, y los artistas recibieron encargos para pintar revueltas urbanas flamencas, duques de Borgoña y la opresión española. La pintura de Gustaf Wappers sobre las jornadas de septiembre de 1830 se convirtió en el manifiesto del romanticismo belga.
Pintores de historia como Louis Gallait, de Tournai, y Nicaise de Keyser obtuvieron grandes éxitos en toda Europa, y en Amberes Hendrik Leys pintó escenas medievales en un estilo que imitaba a los antiguos maestros. Antoine Wiertz fue más lejos y quiso rivalizar con Rubens y Miguel Ángel en pinturas gigantescas, que el Estado le permitió exponer en un taller propio en Bruselas.
Hacia 1850 llegó el realismo, con la influencia de Gustave Courbet, que expuso en Bélgica y tuvo allí muchos admiradores. Charles De Groux pintó a pobres y trabajadores, y Alfred Stevens se hizo famoso en París por sus mujeres elegantes en interiores modernos. Félicien Rops empezó como dibujante satírico. En 1868 se fundó la Société libre des Beaux-Arts, que defendía un arte más libre y más fiel a la naturaleza.