La irrupción del modernismo

El postimpresionismo escandalizó a Londres, los vorticistas respondieron con un arte de la máquina y dos guerras mundiales convirtieron a los artistas en testigos.

Hacia 1900, el arte británico seguía marcado por las academias y los ideales victorianos, aunque en Glasgow Charles Rennie Mackintosh ya estaba forjando un estilo completamente nuevo. El gran despertar llegó en 1910, cuando el crítico Roger Fry expuso en Londres obras de Cézanne, Gauguin y Van Gogh. El público se reía y gritaba, pero una generación joven se sintió liberada. El círculo de Bloomsbury, con los pintores Vanessa Bell y Duncan Grant, hizo suyos los nuevos colores y formas.

Poco antes de la Primera Guerra Mundial, Wyndham Lewis creó el vorticismo, un arte duro y anguloso sobre máquinas y grandes ciudades, y el escultor Jacob Epstein realizó su robótica La perforadora. La guerra hizo añicos el optimismo. Muchos artistas jóvenes cayeron en combate, y quienes sobrevivieron, como Paul Nash y C.R.W. Nevinson, retrataron un paisaje devastado de barro y alambre de espino. Después de la guerra, muchos artistas buscaron refugio en el campo, la religión y lo personal. Los unía el anhelo de algo firme en un mundo que se había derrumbado.

En la década de 1930, Hampstead, en Londres, se convirtió en un centro del arte abstracto, con Henry Moore, Barbara Hepworth y Ben Nicholson. Refugiados de la Alemania de Hitler, como Walter Gropius y Naum Gabo, vivieron allí una temporada. El surrealismo llegó a Londres con una gran exposición en 1936. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Estado contrató a artistas para documentar la vida cotidiana en tiempos de guerra, y los dibujos de Moore de personas durmiendo en el metro figuran entre las imágenes más intensas de la época.