El Imperio y el Renacimiento

Un imperio en el que nunca se ponía el sol construyó El Escorial, coleccionó a Tiziano y acogió en Toledo a un pintor griego.

En los años posteriores a 1492, España se convirtió en una potencia mundial. La plata de América entraba a raudales por Sevilla y, por herencia, el rey Carlos I llegó a ser también emperador del Sacro Imperio con el nombre de Carlos V. El arte siguió al poder. Al principio se mezclaron el gótico tardío y las formas del Renacimiento italiano en un estilo ricamente ornamentado llamado plateresco, por los delicados trabajos de los plateros. La Universidad de Salamanca tiene una de las fachadas platerescas más famosas, cubierta de medallones, escudos y grutescos.

Carlos V y su hijo Felipe II fueron dos de los mayores coleccionistas de arte de Europa. Encargaron retratos y pinturas mitológicas al veneciano Tiziano, y Felipe II compró obras de El Bosco y de otros maestros neerlandeses. Felipe mandó construir el monasterio-palacio de El Escorial, cerca de Madrid, un edificio austero e imponente de granito. Se convirtió en el modelo de una arquitectura española de escasa ornamentación, llamada herreriana por el arquitecto Juan de Herrera.

Los pintores y escultores locales trabajaban sobre todo para la Iglesia. Crearon grandes retablos con esculturas de madera policromadas y doradas. Alonso Berruguete dio a sus figuras un movimiento nervioso y dramático que había aprendido en Italia. En 1577 se estableció en Toledo el pintor griego Domenikos Theotokopoulos, a quien los españoles llamaron El Greco. Sus figuras alargadas y sus colores llameantes lo convirtieron en uno de los artistas más singulares de toda Europa.