El arte de la Italia unificada

En el nuevo reino, los macchiaioli pintaron la luz y la vida cotidiana, los divisionistas descompusieron el color y las ciudades se llenaron de monumentos a la nación.

Cuando Italia se unificó en 1861 había que construir una nueva nación, también en el arte. Florencia, Roma, Milán, Turín, Nápoles y Venecia tenían sus propias tradiciones, y estas pervivieron. En Florencia, un grupo de jóvenes pintores, los macchiaioli o pintores de manchas, había empezado ya en la década de 1850 a pintar con fuertes manchas de luz y sombra, a menudo al aire libre. Pintaban soldados, campesinos, mujeres en jardines y el paisaje de la Toscana, con una sencillez y una sinceridad nuevas.

Varios artistas italianos se marcharon a París, que era ahora la capital del arte. Giuseppe De Nittis, Giovanni Boldini y Federico Zandomeneghi se integraron en la vida artística parisina, y Zandomeneghi y De Nittis expusieron con los impresionistas. El escultor Medardo Rosso modelaba en cera rostros fugaces que parecen disolverse en la luz. En Italia, realistas y veristas retrataban la vida de obreros, pescadores y pobres del campo. Otros se quedaron en el país y desarrollaron sus propias escuelas regionales.

Hacia finales de siglo, pintores de Milán y el Piamonte desarrollaron el divisionismo, en el que los colores se aplicaban en pequeños trazos separados que se mezclan en el ojo. Giovanni Segantini pintó los Alpes suizos bajo una nítida luz de montaña, y Giuseppe Pellizza da Volpedo pintó El cuarto estado, una imagen de obreros en marcha. Al mismo tiempo se construyeron galerías comerciales, monumentos y palacios de exposiciones, y la primera Bienal de Venecia, en 1895, convirtió a Italia en un punto de encuentro del arte contemporáneo. El arte se encaminaba hacia lo moderno.