Iconos y arte sacro
Con el cristianismo llegó la imagen bizantina a la Rus de Kiev. En Nóvgorod, Vladímir y Moscú, el icono se convirtió en el corazón del arte ruso, con Andréi Rubliov como su mayor maestro.
En 988, el gran príncipe Vladímir de Kiev se bautizó y bautizó a su pueblo según el modelo bizantino. Con la Iglesia llegaron de Constantinopla constructores, mosaiquistas y pintores de iconos, y en el siglo XI la catedral de Santa Sofía de Kiev recibió mosaicos y frescos del mismo estilo que en Bizancio.
El icono es una imagen sagrada pintada sobre madera que sigue modelos fijos. No pretende mostrar el mundo tal como es, sino ser una ventana hacia lo divino: las figuras son alargadas e inmóviles, el fondo suele ser dorado y la perspectiva puede ser invertida, de modo que las líneas se abren hacia el espectador.
Tras la conquista mongola del siglo XIII, la tradición pervivió en ciudades como Nóvgorod, con sus rojos y verdes luminosos, y en Moscú, cuyo poder iba en aumento. Hacia 1400 la pintura de iconos alcanzó su apogeo con Teófanes el Griego y Andréi Rubliov, cuya Trinidad se considera la obra cumbre de la pintura rusa.