La persistencia de la memoria
Relojes de bolsillo que se derriten en un paisaje desolado de la costa catalana. El cuadro mide solo 24 × 33 cm, pero se ha convertido en el símbolo del surrealismo.
Los detalles están pintados con la precisión de los antiguos maestros, y eso hace creíble el sueño.
Salvador Dalí pintó La persistencia de la memoria en 1931. Se había unido a los surrealistas de París unos años antes y vivía en parte en Portlligat, en la costa catalana, junto a Gala, que más tarde sería su esposa. El cuadro es muy pequeño, de unos 24 × 33 centímetros. Se encuentra hoy en el Museum of Modern Art de Nueva York.
En la imagen hay tres relojes de bolsillo blandos que se derriten. Uno cuelga de la rama de un árbol muerto, otro cuelga del borde de una mesa o una caja, y el tercero yace sobre una extraña criatura pálida en el centro del cuadro. Un cuarto reloj, con la tapa cerrada, está sobre la mesa y cubierto de hormigas. Al fondo se ven acantilados bajo una luz dorada y un mar en calma.
La criatura del centro se ha interpretado como un perfil deformado del propio rostro de Dalí, con una nariz larga y un ojo cerrado de largas pestañas. Aparecen formas similares en otros cuadros suyos de la misma época. Los acantilados del fondo se han identificado como el cabo de Creus, en la costa catalana, un paisaje al que Dalí volvió en muchas ocasiones.
La luz es clara e intensa, como de primera hora de la mañana o de última hora de la tarde. Los colores son marrones, amarillos y azules apagados, con sombras nítidas. Dalí pintó al óleo sobre lienzo con pinceles muy finos y pinceladas casi invisibles. Admiraba a maestros antiguos como Vermeer y quería pintar imágenes oníricas con la misma minuciosidad.
Dalí describió un método al que llamó paranoico-crítico. Consistía en dejar que asociaciones irracionales guiaran la imagen, pero pintándola con gran precisión. Él mismo contó que la idea de los relojes blandos se le ocurrió al ver un queso camembert derretirse con el calor. Estos datos proceden de los relatos del propio Dalí, a menudo autocomplacientes, y deben leerse con cautela.
Los relojes se han interpretado como una imagen de cómo el tiempo pierde su firmeza en el sueño o en el recuerdo. Las hormigas se han visto como símbolos de la descomposición, que Dalí utilizaba con frecuencia. Algunos han relacionado el cuadro con las nuevas teorías físicas sobre el tiempo, pero el propio Dalí rechazó esa interpretación. La obra no tiene una única explicación.
El cuadro se expuso en Nueva York en 1932 y en 1934 un donante anónimo lo regaló al Museum of Modern Art. Pronto se convirtió en una de las imágenes más conocidas del surrealismo. Dalí volvió al motivo en la década de 1950 con La desintegración de la persistencia de la memoria. Desde entonces, los relojes que se derriten forman parte indiscutible de la cultura popular. El cuadro también hizo famoso a Dalí en Estados Unidos, donde más tarde pasó los años de la guerra.