La nube

Una enorme nube blanca se eleva sobre un paisaje bajo y oscuro. El príncipe Eugenio pintó los paisajes suecos con el espíritu evocador de la década de 1890.
La nube ocupa casi todo el cuadro: el protagonista es el cielo, no la tierra.
El príncipe Eugenio, hijo del rey Óscar II, decidió pronto ser pintor. Estudió en París en la década de 1880 y se unió a los Oponentes, los jóvenes artistas que protestaban contra la enseñanza de la Real Academia de Bellas Artes. La nube se pintó a mediados de la década de 1890 y pertenece al Museo de Arte de Gotemburgo.
El motivo es sencillo. Un enorme cúmulo luminoso se alza sobre un paisaje bajo y oscuro de campos y lindes de bosque. El cielo ocupa la mayor parte de la superficie del cuadro, y la tierra no es más que una estrecha franja en la parte inferior. La nube resplandece con la luz del atardecer, mientras el suelo ya está en sombra.
La composición se basa en el contraste entre lo bajo y lo alto. La franja horizontal de paisaje transmite calma, mientras que la nube crece hacia arriba como una escultura. No hay personas en el cuadro y no sucede nada. El motivo es la forma y la luz de la nube.
Los colores son apagados y armoniosos. La nube está pintada en tonos blancos, amarillo crema y grises que le dan peso y volumen. El paisaje es verde oscuro, casi negro. El fresco cielo azul que rodea la nube intensifica la luz. Al príncipe Eugenio le interesaba especialmente el crepúsculo, el momento del día en que los colores se vuelven profundos y los contornos se simplifican.
El cuadro pertenece a la llamada pintura de atmósfera, una corriente que adquirió importancia en Suecia en la década de 1890. Los artistas no querían solo representar el paisaje, sino transmitir lo que se sentía ante él. Se han señalado influencias del simbolismo y de los artistas franceses que el príncipe Eugenio había conocido, así como un interés por lo nacional. El paisaje sueco debía retratarse con su propia luz y su propio carácter. El motivo de las nubes tenía una larga tradición en la pintura de paisaje europea, desde los pintores holandeses del siglo XVII hasta el inglés John Constable, que realizó gran cantidad de estudios de nubes. En París, el príncipe Eugenio había estudiado con Léon Bonnat y Henri Gervex, entre otros.
La nube se ha interpretado como la imagen de algo más grande que el ser humano, casi como una presencia silenciosa sobre la tierra. Sin embargo, el príncipe Eugenio era prudente a la hora de explicar sus cuadros, y la interpretación ha de quedar abierta. Lo que sí puede decirse con seguridad es que el cuadro convierte un fenómeno meteorológico cotidiano en algo monumental.
Hoy La nube se considera una de las obras principales del príncipe Eugenio y uno de los paisajes suecos más conocidos del cambio de siglo. El príncipe Eugenio fue también un importante coleccionista y mecenas. Su residencia, Waldemarsudde, fue legada al Estado y es hoy un museo de arte. El príncipe Eugenio volvió varias veces a las nubes, por ejemplo en La nube nocturna, de 1901, en la Thielska galleriet. Fue además pintor monumental y realizó grandes pinturas murales, entre otros lugares en el Ayuntamiento de Estocolmo y en el Teatro Real Dramático (Dramaten).