Catedral de Milán

La catedral de Milán tardó casi seiscientos años en construirse y es una de las mayores iglesias del mundo. Está revestida por completo de mármol de reflejos rosados. Su cubierta es un bosque de agujas y estatuas por el que pueden pasear los visitantes.
Las obras comenzaron en 1386 bajo el arzobispo Antonio da Saluzzo y el señor de Milán, Gian Galeazzo Visconti, que concedió a la iglesia el derecho a extraer mármol en Candoglia, junto al lago Mayor, y transportarlo por los canales. Se hizo venir a maestros de obras de Francia y Alemania, y se conservan sus discusiones con los constructores lombardos sobre la altura y las proporciones de las bóvedas. La iglesia creció lentamente a lo largo de los siglos. La fachada no se terminó hasta comienzos del siglo XIX, por orden de Napoleón, y la última puerta se inauguró en 1965.
La iglesia tiene cinco naves y un amplio transepto. La nave central mide unos 45 metros de altura y la sostienen enormes pilares con capiteles que albergan estatuas en hornacinas. Por fuera, el edificio está cubierto de agujas, estatuas y pináculos, y la cubierta puede visitarse. En la aguja más alta, a 108 metros, se alza la estatua dorada de la Virgen, la Madonnina, de 1774. La fachada mezcla agujas góticas con ventanas y portadas de estilo renacentista y barroco, una huella del largo periodo de construcción.
La catedral sigue administrada por la Veneranda Fabbrica, la institución fundada en 1387 para dirigir las obras. El mármol blanco se ensucia y se erosiona, y las reparaciones son constantes; por eso en Milán se ha hecho proverbial decir que algo es lungo come la fabbrica del Duomo, largo como las obras de la catedral. La iglesia es uno de los pocos ejemplos de gótico a tan gran escala en Italia, donde el estilo adoptó por lo general una forma más contenida. Muestra también cómo un edificio puede llevar las huellas del gusto de cinco siglos.