El Programa del Millón
El Parlamento decide que se construya un millón de viviendas en diez años. Y se cumple, con métodos industriales, grandes grúas y suburbios a gran escala como Tensta, Rinkeby y Hammarkullen.
La escasez de vivienda se resolvió, pero los barrios se volvieron objeto de debate. Hoy la cuestión es cómo renovarlos, no derribarlos.
En las décadas de 1950 y 1960, la población se trasladó en masa del campo a las ciudades, donde la industria necesitaba mano de obra. Las generaciones de niños eran numerosas, la inmigración laboral aumentaba y cada vez más personas querían vivir en un piso moderno propio. Las listas de espera de vivienda en las grandes ciudades eran largas, y muchas familias seguían viviendo hacinadas y sin comodidades. Los socialdemócratas de Tage Erlander habían convertido la vivienda en una cuestión central, y en 1965 el Parlamento aprobó el objetivo de construir un millón de viviendas en diez años, en un país de menos de ocho millones de habitantes. El Estado concedía préstamos ventajosos, y los municipios y sus empresas públicas de vivienda asumieron un papel central en la planificación y la construcción.
El objetivo se alcanzó. Gran parte de las viviendas eran casas unifamiliares y adosadas, pero son las grandes zonas de bloques las que se han convertido en el símbolo. La construcción se industrializó: muros y forjados se fabricaban como elementos de hormigón en taller, y las grúas que rodaban sobre raíles determinaban a menudo que los edificios se dispusieran en largas hileras rectas. Barrios como Tensta y Rinkeby en Estocolmo, Hammarkullen y Bergsjön en Gotemburgo y Rosengård en Malmö se construyeron con separación de tráficos, aparcamientos en altura, grandes patios y un centro junto al metro o el tranvía. Los pisos eran luminosos y estaban bien equipados con baño, cocina y a menudo balcón. A veces los primeros inquilinos se mudaban antes de que estuvieran listas las escuelas, las tiendas y las zonas verdes.
Ya a finales de los años sesenta los nuevos suburbios recibieron duras críticas. Los medios los describían como entornos de hormigón desolados, desmesurados e inhumanos, y a comienzos de los setenta miles de pisos estaban vacíos en algunas zonas, porque muchos preferían vivir en casas unifamiliares. La reputación de los barrios influyó en quién se mudaba a ellos, y con el tiempo varios quedaron marcados por la segregación. En los años ochenta y noventa algunos se reformaron con cubiertas a dos aguas, nuevos colores y nuevas entradas. Hoy muchos de los edificios necesitan renovación, y la cuestión es cómo renovarlos para ahorrar energía y mejorar la calidad sin que los alquileres suban tanto que los residentes tengan que marcharse.