La era industrial
Hierro, vidrio y todos los estilos históricos a la vez. Las ciudades crecen en piedra.
La industria trajo nuevos materiales y nuevos tipos de edificio – estaciones, fábricas, mercados cubiertos y grandes almacenes –, pero los arquitectos solían vestirlos con estilos antiguos. Las ciudades crecieron de forma explosiva, del París de Haussmann a Chicago, y hacia el final del siglo el modernismo y el romanticismo nacional buscaron un camino propio.
El historicismo elegía el estilo según la función: gótico para las iglesias, Renacimiento para bancos y museos, barroco para los teatros.
El hierro, el vidrio y el acero hicieron posibles nuevas estructuras, del Crystal Palace en 1851 a la torre Eiffel en 1889.
En Chicago, la estructura de acero y el ascensor dieron lugar al primer rascacielos en la década de 1880.
El París de Haussmann fue el modelo de bulevares y ciudades de piedra en todo el mundo.
La Ringstrasse de Viena, desde 1857, reunió los nuevos monumentos de la ciudad a lo largo de una avenida de circunvalación donde estaba la muralla.
Los parlamentos de Londres y Budapest y el Rijksmuseum de Ámsterdam muestran cómo las naciones construyeron su historia en piedra.
La cuestión de la vivienda dio lugar a las viviendas filantrópicas, las casas de alquiler y la idea de la ciudad jardín.
Viollet-le-Duc quería restaurar la Edad Media; Ruskin y Morris, conservarla: un conflicto que sentó las bases de la protección del patrimonio.
Hacia 1900 el modernismo buscó sus formas en la naturaleza, y el romanticismo nacional en el ladrillo, el granito y la madera.
Todos los estilos a la vez. En el siglo XIX los arquitectos conocían la historia mejor que nunca. La arqueología, los viajes y los repertorios impresos de modelos les daban acceso a cualquier estilo imaginable, y elegían según la función del edificio y lo que debía significar. Las iglesias se hicieron góticas para enlazar con la piedad medieval, los bancos y museos adoptaron el peso y la dignidad burguesa de los palacios renacentistas, y los teatros se hicieron neobarrocos para deslumbrar. Los estilos también se mezclaban libremente en lo que se conoce como eclecticismo. El ornamento podía fabricarse ya de forma industrial: hierro fundido para barandillas y columnas, cinc para los remates de las cubiertas, estuco de cemento para las fachadas, todo encargado por catálogo. El historicismo se reconoce en que un edificio moderno, a menudo con estructura y técnica modernas, recibe una fachada que cita una época anterior, pero con una escala mayor y una simetría más estricta que el modelo. Los críticos de la época hablaban de confusión de estilos y de falta de un lenguaje propio. Hoy vemos a menudo una gran maestría artesanal y compositiva, y los edificios historicistas forman la columna vertebral de muchos centros urbanos europeos.
El regreso del gótico. El neogótico nació en la Inglaterra del siglo XVIII como un juego romántico con ruinas y torreones, pero en el siglo XIX se convirtió en algo serio. El arquitecto Augustus Welby Northmore Pugin sostuvo en su libro Contrasts, de 1836, que el gótico era la única arquitectura honesta y cristiana, y que la sociedad medieval había sido moralmente superior a la industrial. Cuando el antiguo Parlamento de Londres ardió en 1834, el nuevo palacio de Westminster se levantó en estilo gótico, según el proyecto de Charles Barry y con los detalles de Pugin, entre aproximadamente 1840 y 1870. El crítico John Ruskin ensalzó en The Stones of Venice el gótico veneciano y la libertad del artesano. En Alemania, la catedral de Colonia se terminó en 1880 siguiendo los planos medievales, como proyecto nacional. En toda Europa y Norteamérica, el neogótico se convirtió en el estilo de las iglesias en la segunda mitad del siglo XIX. El neogótico se reconoce por su regularidad: las proporciones y los detalles suelen ser más completos y simétricos que en los modelos medievales, y las fachadas de ladrillo son uniformes y fabricadas a máquina.
La transformación de París. Bajo el emperador Napoleón III, el prefecto Georges-Eugène Haussmann transformó París entre 1853 y 1870. Se abrieron amplios bulevares en línea recta a través de los barrios medievales, flanqueados por edificios uniformes de cinco plantas en piedra caliza clara, con balcones de hierro fundido y mansardas. Bajo las calles se construyó un moderno sistema de alcantarillado y abastecimiento de agua, y se abrieron parques como el Bois de Boulogne. La reforma mejoró la higiene y el tráfico, pero también expulsó a los pobres del centro, y los bulevares dificultaban levantar barricadas, motivos que se han debatido desde entonces. La Ópera de Charles Garnier, inaugurada en 1875, fue la obra cumbre del Segundo Imperio, con una escalinata de mármol y una fachada repleta de escultura y dorados. La escuela de arquitectura École des Beaux-Arts enseñaba un método basado en plantas simétricas, ejes claros y entradas grandiosas que influyó en los edificios públicos de todo el mundo, sobre todo en Estados Unidos. París se convirtió en el modelo de la gran ciudad del siglo XIX. Los bulevares y paseos de muchas capitales europeas llevan la huella evidente de Haussmann.
Hierro y vidrio. Mientras los arquitectos discutían de estilos, los ingenieros construían de maneras completamente nuevas. El puente de hierro sobre el Severn en Coalbrookdale, de 1779, demostró que el hierro fundido podía salvar grandes luces. Joseph Paxton, un jardinero que había construido invernaderos, proyectó el Palacio de Cristal para la Exposición Universal de Londres de 1851: una enorme nave de hierro fundido y vidrio, montada en pocos meses con piezas estandarizadas fabricadas en serie. En París, Henri Labrouste hizo que arcos de hierro sostuvieran la sala de lectura de la biblioteca de Sainte-Geneviève, y la Exposición Universal de 1889 presentó tanto la torre Eiffel, de unos 300 metros de altura, como la Galería de las Máquinas, con una luz sin precedentes. Estaciones de ferrocarril, mercados, grandes almacenes, invernaderos y pasajes recibieron grandes cubiertas de vidrio, a menudo tras una fachada de piedra. En Milán se construyó la galería cubierta de cristal Vittorio Emanuele II. Los mercados, como Les Halles de París, de la década de 1850, combinaban fachadas de ladrillo o piedra con cubiertas de hierro y vidrio. A finales de siglo llegó el hormigón armado, patentado en varios sistemas, que pronto cambiaría la construcción de raíz. La ingeniería de la época se reconoce por las vigas remachadas, los pilares esbeltos y los grandes espacios luminosos.
Chicago y el rascacielos. Tras el gran incendio de Chicago de 1871, la ciudad se reconstruyó deprisa y el precio del suelo en el centro se disparó. Dos inventos hicieron posible construir en altura. El ascensor de pasajeros seguro, que Elisha Otis presentó en la década de 1850, hizo que las plantas superiores fueran tan atractivas como las inferiores. La estructura de acero liberó al muro exterior de su función portante: podía colgarse de la estructura como una pantalla delgada. El Home Insurance Building de William Le Baron Jenney, terminado en 1885, suele considerarse el primer rascacielos, aunque su altura era modesta para los estándares actuales. Los edificios de la Escuela de Chicago tienen anchas «ventanas Chicago», con un gran paño central fijo y estrechas hojas laterales practicables. Louis Sullivan, el arquitecto más importante, formuló la idea de que la forma sigue a la función y dividió el edificio alto en una base, un fuste de plantas de oficinas repetidas y una coronación, como en el Wainwright Building de San Luis, de 1891. Sus ornamentos de terracota con sinuosos motivos vegetales muestran que funcionalismo y ornamento aún no eran opuestos. En Nueva York siguieron el Flatiron Building y el Woolworth Building, y el rascacielos se convirtió en el símbolo de la gran ciudad moderna.
Fábricas y colonias industriales. La fábrica fue el verdadero nuevo tipo de edificio de la industrialización. En Inglaterra se construyeron fábricas textiles de varias plantas, con largas hileras de ventanas y estructuras de hierro fundido para reducir el riesgo de incendio; la hilandería de lino de Shrewsbury, de 1797, se considera el primer edificio con estructura íntegramente de hierro. Las fábricas necesitaban obreros, y algunos industriales construyeron comunidades enteras. Saltaire, en Yorkshire, de la década de 1850, y Port Sunlight, cerca de Liverpool, de la de 1880, tenían viviendas, escuelas e iglesias organizadas por el propietario, una mezcla de solicitud y control. Las fábricas del siglo XIX se reconocen por sus largas fachadas con muchas ventanas iguales, a menudo de medio punto o de arco rebajado, ladrillo en tonos amarillos o rojos y, a veces, una torre para escaleras y depósito de agua. Muchas se han convertido en los últimos años en oficinas, viviendas, museos y centros universitarios.
El ferrocarril y la estación. El ferrocarril transformó tanto el campo como las ciudades. La primera gran línea de pasajeros, entre Liverpool y Mánchester, se abrió en 1830, y en pocas décadas las vías cubrían Europa y Norteamérica. La estación era un tipo de edificio nuevo, sin precedentes. A menudo tenía dos caras: hacia la ciudad, una fachada monumental en algún estilo histórico, como una puerta urbana o un palacio, y hacia las vías, una inmensa nave de hierro y vidrio por la que podía subir el humo. En St Pancras, en Londres, inaugurada en 1868, la nave de andenes salva unos 73 metros sin apoyos, y delante se alza un hotel gótico. La Gare du Nord de París tiene una fachada con estatuas que representan las ciudades a las que llevan sus líneas. El ferrocarril exigió además una hora común: las horas solares locales se sustituyeron por una hora oficial, en Gran Bretaña ya en la década de 1840. En torno a las estaciones surgieron hoteles, parques y nuevos barrios, y en América se fundaron ciudades enteras a lo largo de las vías.
Monumentos de las naciones. En el siglo XIX, las naciones nuevas y antiguas construyeron su historia en piedra. Tras el incendio de 1834, Charles Barry y Augustus Pugin proyectaron un nuevo Parlamento en Londres en estilo gótico, porque ese estilo se consideraba inglés. El Parlamento de Budapest, terminado en 1904, tomó Westminster como modelo. En Viena, la muralla se derribó a partir de 1857 y fue sustituida por la Ringstrasse, donde la Ópera, el Parlamento, el Ayuntamiento, la Universidad y los museos se alzan en el estilo que se consideraba adecuado a su función: la Antigüedad griega para el Parlamento, el gótico para el Ayuntamiento, el Renacimiento para la Universidad. El Rijksmuseum de Pierre Cuypers en Ámsterdam, inaugurado en 1885, y el Reichstag de Paul Wallot en Berlín, de 1894, son otros ejemplos. La catedral de Colonia, que había quedado inacabada desde la Edad Media, se terminó en 1880 como monumento nacional del nuevo Imperio alemán. Hacia 1900, países de la periferia europea como Finlandia, Hungría y Cataluña buscaron un estilo nacional en el arte popular y en la Edad Media; en los países nórdicos se le llama romanticismo nacional.
Viviendas para muchos. La industrialización atrajo a la gente a las ciudades más deprisa de lo que se podían construir viviendas. En Mánchester y Londres, las familias obreras vivían en casas estrechas y húmedas, sin agua ni alcantarillado, y Friedrich Engels describió esas condiciones en 1845. En Berlín, siguiendo el plan urbanístico de James Hobrecht de 1862, se construyeron cuarteles de alquiler, los Mietskasernen, de cinco plantas en torno a una serie de patios angostos. Reformadores y filántropos respondieron de distintas maneras. El Peabody Trust construyó desde la década de 1860 bloques de alquiler para obreros en Londres, y los fabricantes levantaron sus propias colonias modelo, como Saltaire en Yorkshire y Port Sunlight cerca de Liverpool, con escuelas, baños e iglesias. Hacia el cambio de siglo, las propias ciudades tomaron el relevo: el London County Council construyó viviendas municipales desde la década de 1890, y en varios países se fundaron cooperativas de vivienda. Fue el comienzo de la política de vivienda que marcaría la arquitectura del siglo XX en toda Europa.
La ciudad jardín. Hacia 1900 surgió otra idea: que la gente viviera en casas pequeñas con jardín, en ciudades rodeadas de vegetación. El taquígrafo inglés Ebenezer Howard describió en 1898 una ciudad jardín, una ciudad autónoma con una población limitada, rodeada de un cinturón de tierras de cultivo y con el suelo en propiedad colectiva. Letchworth, al norte de Londres, iniciada en 1903 y planificada por Raymond Unwin y Barry Parker, fue la primera, y en 1907 le siguió Hampstead Garden Suburb. Las casas de Unwin se agrupaban en torno a patios verdes y calles sinuosas, con los pueblos ingleses como modelo. La idea se difundió rápidamente: en Alemania se construyó Hellerau, a las afueras de Dresde, y en toda Europa las ciudades jardín se convirtieron en una respuesta a la escasez de vivienda. Más tarde, la ciudad jardín fue la base de las urbanizaciones de chalés de los suburbios y de las nuevas ciudades británicas de la posguerra.
Casas de artistas y artesanía. Como reacción contra los productos industriales, William Morris y el movimiento Arts and Crafts en Inglaterra quisieron recuperar la artesanía y el placer del trabajo. La Red House de Philip Webb, construida en 1859–1860 para Morris, se convirtió en un modelo: una casa de ladrillo rojo con planta asimétrica, en la que muebles, papeles pintados y tejidos se diseñaron como un conjunto. El movimiento se extendió por toda Europa y dio lugar a talleres, escuelas y asociaciones de artes aplicadas. En los países nórdicos, las casas de artistas se convirtieron en ideales y modelos para la gente corriente. Carl y Karin Larsson transformaron desde la década de 1880 Lilla Hyttnäs, en Sundborn, en un hogar de colores claros, sencillos muebles populares y tejidos, que se dio a conocer a través de las acuarelas de Carl Larsson en el libro Ett hem (Una casa). Ellen Key publicó en 1899 el ensayo Skönhet för alla (Belleza para todos), en el que sostenía que los objetos bellos y sencillos debían elevar la vida de todas las clases. En Finlandia, los arquitectos Herman Gesellius, Armas Lindgren y Eliel Saarinen construyeron hacia 1902–1903 la casa-estudio Hvitträsk, a las afueras de Helsinki, con piedra tosca, madera y cubiertas empinadas. La finca de Anders Zorn en Mora es otro ejemplo. Estas casas hicieron de la tradición popular, la madera y la artesanía la expresión de un estilo de vida moderno.
Art nouveau. Hacia 1890, muchos quisieron dejar atrás los estilos prestados y crear un arte para su propio tiempo. El Jugendstil, llamado art nouveau en Francia y Bélgica, Secesión en Viena y modernismo en Cataluña, buscó sus formas en la naturaleza. El hierro se curvaba como tallos, las ventanas recibían marcos curvos y la decoración serpenteaba como plantas y olas. El Hôtel Tassel de Victor Horta en Bruselas, de 1893, mostró una escalera con columnas de hierro que se ramifican en volutas. Las entradas del metro de París de Hector Guimard, de hacia 1900, son igual de famosas. En Barcelona, Antoni Gaudí construyó la Casa Batlló y trabajó en la Sagrada Familia, y en Glasgow Charles Rennie Mackintosh proyectó una escuela de arte con ventanas altas y austeras. En los países nórdicos, Ålesund, en Noruega, se reconstruyó en art nouveau tras el incendio de 1904. El art nouveau se reconoce por las ventanas y portales de curvas suaves, la asimetría, las flores y animales estilizados, las fachadas revocadas en colores claros, los azulejos y las vidrieras. El estilo tuvo una vida breve, pero dejó un gran legado en las ciudades europeas, de Bruselas y Riga a Barcelona.
Barcelona y Gaudí. En Cataluña, el art nouveau, el modernismo, formó parte de un renacimiento cultural y político. Barcelona creció según el plan de Ildefons Cerdà de 1859, el Ensanche, una cuadrícula de manzanas con esquinas achaflanadas, y a lo largo de sus calles la burguesía construyó lujosos edificios de viviendas. Antoni Gaudí fue más lejos que nadie. La Casa Batlló, reformada en 1904–1906, tiene una fachada de azulejos y vidrio que reluce como el agua, y la Casa Milà, La Pedrera, es una masa ondulante de piedra casi sin muros rectos. Gaudí estudiaba las formas con maquetas colgantes de cadenas y pesos, en las que la gravedad revela el arco ideal, y luego les daba la vuelta. Desde 1883 hasta su muerte en 1926 trabajó en la Sagrada Familia, que todavía sigue en obras. Lluís Domènech i Montaner proyectó el Palau de la Música Catalana y el hospital de Sant Pau, y Josep Puig i Cadafalch, casas con rasgos góticos y flamencos. El modernismo se reconoce por los azulejos, la forja, el mosaico de cerámica troceada, el trencadís, y las formas tomadas de plantas, animales y montañas.
La polémica de la restauración. En el siglo XIX se restauraron muchas iglesias y castillos medievales, y la cuestión era hasta dónde se podía llegar. El arquitecto francés Eugène Viollet-le-Duc quería devolver los edificios a un estado perfecto que quizá nunca habían tenido, y dio a Notre-Dame de París y a la ciudad de Carcasona una imagen de la Edad Media que aún hoy damos por sentada. John Ruskin sostenía, por el contrario, que había que conservar y no reconstruir, y William Morris fundó en 1877 una sociedad para la protección de los edificios antiguos que se oponía a que se borraran las huellas históricas. En Inglaterra, Francia y Alemania, las catedrales se reconstruyeron con nuevas torres y agujas según imágenes ideales del gótico, y las intervenciones ya fueron criticadas en su época, porque se habían eliminado los añadidos posteriores y las huellas del paso del tiempo. A principios del siglo XX se impuso una visión más cuidadosa. El historiador del arte austriaco Alois Riegl escribió en 1903 sobre los distintos valores de los monumentos, entre ellos el valor de antigüedad, y la Carta de Venecia de 1964 estableció que una restauración debe respetar las aportaciones de todas las épocas y que los nuevos añadidos deben poder distinguirse de lo antiguo. El debate sentó las bases de la protección moderna del patrimonio.