Alexander Roslin

El sueco que retrató a la clase alta de Europa.
Alexander Roslin, de Malmö, hizo carrera en París y pintó a la realeza de toda Europa, entre ella a Gustavo III. Es célebre por su manera de reproducir las telas.
Alexander Roslin nació en Malmö en 1718. Su padre era médico. Roslin mostró talento desde muy pronto y fue aprendiz del retratista Georg Engelhard Schröder en Estocolmo. Siendo joven dejó Suecia y nunca volvió a vivir allí. Trabajó primero en la corte de Bayreuth, en Alemania, y después viajó a Italia, donde pintó en Venecia, Florencia y Parma, entre otras ciudades.
En 1752 llegó a París, que era entonces la capital artística de Europa. Al año siguiente ya ingresó en la Academia francesa. Pronto se convirtió en uno de los retratistas más solicitados de la ciudad y pintó a aristócratas, ministros y miembros de la realeza. Durante una visita a Suecia en 1774-1775 retrató, entre otros, a Carlos Linneo. El retrato pertenece a la Real Academia de las Ciencias de Suecia. También pasó algunos años en San Petersburgo y retrató a la emperatriz Catalina II.
Roslin era un maestro en la reproducción de los materiales. La seda, el terciopelo, el encaje y las pieles se vuelven casi palpables en sus cuadros. Los rostros son serenos y dignos, a menudo con un suave brillo. Su obra más famosa es La dama del velo (1768), en el Nationalmuseum. La modelo es su esposa, que oculta medio rostro tras un velo negro y sonríe al espectador. El Nationalmuseum posee también su retrato de Gustavo III y sus hermanos, de 1771.
En 1759 Roslin se casó con la pastelista francesa Marie-Suzanne Giroust. El matrimonio encontró oposición porque él era protestante y ella católica. Ella misma ingresó en la academia, pero murió en 1772. Tuvieron varios hijos. Roslin vivió en París hasta su muerte en 1793, en los años más violentos de la Revolución.
Roslin es el artista sueco que hizo la mayor carrera internacional en el siglo XVIII. Sus obras se encuentran hoy en museos de toda Europa, entre ellos el Louvre y Versalles. En Suecia es el símbolo de la elegancia y el refinamiento que marcaron la época gustaviana.