El columpio

Una joven se columpia en un frondoso parque y lanza un zapato hacia su admirador, escondido entre los arbustos. Lúdico, sensual y rosado: el rococó en estado puro.
El anciano que la columpia desde la sombra no se da cuenta de nada.
Jean-Honoré Fragonard pintó El columpio hacia 1767. El dramaturgo francés Charles Collé contó en sus memorias cómo nació el cuadro. Un noble pidió primero al pintor Gabriel-François Doyen un cuadro de su amante en un columpio empujado por un obispo, mientras él mismo estaba tumbado de modo que pudiera verle las piernas. Doyen rehusó y propuso a Fragonard. No se sabe con certeza quién era el noble, y en el cuadro terminado no es un obispo quien columpia a la joven.
Una joven con un vaporoso vestido rosa se eleva en un columpio en un jardín frondoso. Estira una pierna y un zapatito sale volando por el aire. Abajo a la izquierda, un joven medio escondido entre los arbustos extiende la mano con el sombrero. Mira hacia arriba, bajo sus faldas. En la sombra de la derecha, un hombre mayor tira de las cuerdas del columpio. Parece no darse cuenta de nada.
Alrededor hay varios detalles que comentan la acción. Una estatua de Cupido se lleva un dedo a los labios, como si pidiera silencio. Debajo hay otras esculturas de amorcillos. En la esquina ladra un perrito. El jardín es silvestre y exuberante, con árboles y arbustos que envuelven la escena como un decorado teatral.
La composición se articula en torno a una diagonal. La luz cae como un foco sobre la mujer y su vestido, mientras el resto del cuadro queda en una penumbra verde. Fragonard pintó con pinceladas rápidas y ligeras. El follaje es abocetado y la tela brilla. Los colores son claros y tornasolados, típicos del rococó. El vestido de la mujer es la superficie más clara del cuadro.
El cuadro está lleno de insinuaciones. El zapato que vuela se ha interpretado como imagen de la inocencia perdida, y el movimiento del columpio como imagen de la infidelidad y el deseo. La obra se dirigía a un público privado y nunca estuvo pensada para una iglesia o una sala pública. Es un ejemplo perfecto de cómo el rococó jugaba con el erotismo y la ironía.
Tras la Revolución francesa la pintura lúdica del rococó se consideró decadente, y Fragonard murió en 1806 casi olvidado. En el siglo XIX compró el cuadro el coleccionista inglés marqués de Hertford. Hoy pertenece a la Wallace Collection de Londres, abierta al público en 1900. En 2021 se restauró la pintura y se retiró el barniz amarillento. El cuadro mide poco más de ochenta centímetros de alto.
El columpio se ha convertido en una de las imágenes más famosas del siglo XVIII y en un símbolo del rococó. Se ha citado en el cine, la moda y el arte contemporáneo. El artista británico-nigeriano Yinka Shonibare, por ejemplo, hizo una escultura en la que la mujer no tiene cabeza, como comentario sobre el destino de la aristocracia durante la Revolución.