Exposición de Estocolmo de 1930

En el verano de 1930 la exposición mostró las artes decorativas y la vivienda suecas de una forma completamente nueva: ligeros pabellones de vidrio y acero, banderas, publicidad y un alto mástil publicitario. El funcionalismo irrumpió en Suecia en un solo verano. Los edificios se derribaron, pero sus ideas pasaron a ser las del Estado del bienestar.
La Sociedad Sueca de Artesanía, con Gregor Paulsson como impulsor, quería mostrar cómo el diseño moderno y la industria podían dar mejores viviendas y objetos cotidianos a todos. Paulsson ya había escrito en 1919 Objetos cotidianos más bellos, y la exposición de 1930 debía llevar esas ideas a la práctica. Gunnar Asplund fue nombrado arquitecto jefe y proyectó la mayoría de los pabellones, mientras que otros jóvenes arquitectos, entre ellos Sven Markelius y Uno Åhrén, se encargaron de la sección de vivienda. Los edificios se hicieron como construcciones provisionales de acero, vidrio, madera y paneles finos, y se pintaron en tonos claros. La exposición abrió en mayo de 1930 a orillas del Djurgårdsbrunnsviken y duró todo el verano. Atrajo a un número muy elevado de visitantes y se convirtió en uno de los acontecimientos más comentados de la historia de la arquitectura sueca.
La exposición se organizó como una pequeña ciudad con calles, plazas y un paseo a orillas del agua. Los pabellones tenían cubiertas planas, grandes ventanales y estructuras ligeras, y banderas, rótulos y anuncios de neón daban al recinto un aire festivo y moderno. El restaurante Paradiset, con sus paredes de vidrio y sus terrazas, fue uno de los edificios más fotografiados. El mástil publicitario, una alta estructura de acero con rótulos, se concibió como un reclamo visible desde lejos. En la sección de vivienda se mostraban apartamentos amueblados y casas unifamiliares, a menudo pequeños y bien pensados, para enseñar cómo las familias corrientes podían vivir en espacios luminosos, aireados e higiénicos. Las artes decorativas y los productos industriales se exponían en pabellones que presentaban el diseño sueco bajo una nueva luz.
La exposición desató un intenso debate entre los partidarios del nuevo estilo y los tradicionalistas, que lo veían frío y ajeno. La palabra funkis entró en el idioma sueco. Al año siguiente, Asplund, Paulsson, Markelius, Åhrén y otros dos autores publicaron acceptera, un manifiesto que defendía que Suecia debía adaptarse a los nuevos tiempos. Los edificios se derribaron al terminar la exposición, pero sus ideas sobre luz, aire y estandarización perduraron en la política de vivienda y en el Estado del bienestar sueco. Arquitectos de otros países también prestaron atención a la exposición, entre ellos Alvar Aalto, que la visitó. Hoy sobrevive en fotografías y planos, pero su importancia para la arquitectura y el diseño suecos del siglo XX difícilmente puede exagerarse.