La artesanía medieval y renacentista

Antes de que existiera la palabra diseño, los objetos se hacían en talleres, donde maestros y oficiales seguían las reglas del gremio y modelos transmitidos de generación en generación.

En la Edad Media casi todo se hacía a mano, en pequeños talleres urbanos o en las casas del campo. Quien daba forma a un objeto solía ser quien lo fabricaba. Las formas cambiaban despacio: un arca, un banco o una jarra podían seguir casi iguales durante cien años, y las novedades llegaban a menudo de las iglesias, con arcos apuntados y tracerías que carpinteros y orfebres tomaban prestados.

Los gremios –asociaciones de artesanos del mismo oficio– decidían quién podía trabajar, cuánto debía durar el aprendizaje y qué materiales se podían usar. Para llegar a maestro había que hacer una obra maestra. Eso garantizaba una calidad constante, pero también pocos cambios.

En el Renacimiento el panorama cambió. Príncipes y ricos mercaderes en Italia querían objetos que mostraran cultura: mayólica con escenas de historias antiguas, taraceas en el estudio, plata según modelos antiguos. La imprenta permitió difundir motivos y ornamentos por toda Europa, y por primera vez se empezó a distinguir entre quien proyectaba y quien ejecutaba.